(Foto CC BY-SA Osiliab)
Entre las calles de Fuencarral y de San Bernardo. Distrito 1 (Centro). Barrio de la Universidad.
Se abrió esta calle en lo que fue la huerta del antiguo parque de artillería, el célebre cuartel de Monteleón que tan importante papel tuvo en la resistencia de los madrileños contra el invasor francés en mayo de 1808. Precisamente de ahí viene el nombre de la calle, dado por el Ayuntamiento el 3 de mayo de 1869 para conmemorar, en principio, a un héroe y una heroína de aquellos hechos. Sin embargo, en aquel momento, por un lado, la denominación fue de Malasaña, a secas, y, por otro, el tramo que va desde la calle de Fuencarral a la de San Bernardo se llamó calle de la Peninsular, como se puede ver en el plano de Ibáñez de Ibero (1875). Répide nos explica que esto se debía a que el terreno pertenecía a una sociedad de ese nombre. Poco duró esta duplicidad, pues un acuerdo municipal del 28 de abril de 1897 las fusionó manteniendo el nombre de la primera.
Un nombre que suscitó varias polémicas. La primera, que cuentan Peñasco y Cambronero, debida al desconocimiento por quienes allí vivían de la “alta significación patriótica que encierra” tal apellido, ya que en 1879 pidieron al Concejo que cambiasen su denominación. La segunda, propiciada por estos propios cronistas, al asignársela a cierto Juan Manuel Malasaña, un chispero que presuntamente se destacó en la defensa del parque de Monteleón frente a los franceses. Al menos mencionan a su hija Manuela, que cayó víctima de los disparos del invasor cuando ayudaba a su padre.
Répide, por su parte, nos dice que en realidad Manuela, de diecisiete años de edad, huérfana de padre (cierto Jean Malasagne, panadero de origen francés y fallecido unos años antes de los hechos) y residente en la calle de San Andrés, murió al ser detenida por los franceses, que la registraron y encontraron unas pequeñas tijeras -algo nada extraño, ya que era costurera- y, al considerar que se trataba de un arma fue fusilada.
Lo que sí es cierto es que figura en los archivos que registran los muertos en aquella memorable jornada. Fue enterrada en el cementerio de la Buena Dicha (véase la calle de los Libreros); hasta el 11 de octubre de 1961 el Ayuntamiento no decidió darle su nombre a la calle para deshacer ambigüedades. Con posterioridad, ha denominado a todo un barrio que para algunos es símbolo de cierta manera de ver la vida, no compartida por todo el mundo, ya sea por no poder aspirar a ella o por no estar de acuerdo en absoluto con sus premisas.
Répide menciona el teatro Maravillas, levantado en nuestra calle poco antes de que él empezase a escribir sus artículos, y del que nos dice que fue el último escenario que pisó en Madrid la mítica Sarah Bernardt.
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