3.2.09

Bailén (Calle de)

Entre las plazas de España y de San Francisco. Distrito 1 (Centro). Barrio del Palacio.

De apertura reciente y paulatina es esta calle. Su primer tramo, esto es, el que va desde la plaza de España hasta el palacio de Oriente, es contemporáneo de la construcción de éste, ya que cuando su lugar lo ocupaba el Real Alcázar el terreno donde hoy está la calle formaba parte de la huerta de la Priora y de las casas de doña María de Aragón. Siglos atrás, hasta aquí llegaban las tierras del priorato de San Martín; Felipe II fue poco a poco haciéndose con ellas para poseer todas las cercanías de su Alcázar, aunque cedió parte a la citada doña María para que ésta fundase el colegio de agustinos que tanto ansiaba. El primitivo nombre de la calle fue el de Calle Nueva de Palacio, aunque Mesonero Romanos también se refiere a ella como Bajada de las Caballerizas.

Nada más comenzar la vía, y después del bello edificio de la Real Compañía Asturiana de Minas, cuya reseña corresponde a la plaza de España, nos encontramos con una vista que más o menos nos da una bofetada. El nuevo edificio del Senado, una hermosa muestra de la arquitectura más vanguardista, se da de patadas en el entorno donde lo han encajado, porque de otra forma no se puede llamar la barbaridad que se ha hecho al incrustar un edificio ultramoderno en una parte de Madrid que tiene un entorno tan característico como son los aledaños del palacio Real. Pero, en fin, más vale mirar hacia otro lado o incluso cruzar la calle y encontrarnos de esta forma con una visión más grata como son los jardines de Sabatini. En este lugar estuvieron las Reales Caballerizas, construidas según proyecto de Sabatini en la segunda mitad del siglo XVIII. Eran, dice Répide, una verdadera villa dentro de la villa, con patios, galerías, cuadras y cocheras inmensas y habitaciones para albergar a quinientos empleados. Contenían casi ciento ochenta coches y unas quinientas caballerías. Además, tenían una capilla dedicada a San Antonio Abad cuya traza debía mucho a Ventura Rodríguez.

Con la llegada de la II República no se vio mucha utilidad a este edificio, que fue derribado en 1932. Esto sirvió para ensanchar la calle, y en el solar que quedó se proyectó la construcción de unos jardines; a tal efecto se convocó un concurso de ideas que fue ganado por el arquitecto Fernando García Mercadal. Son unos agradables y recoletos jardines, dominados por la majestuosa fachada norte del Palacio. Desde la verja de su entrada hay una bella vista de la Casa de Campo, favorecida por los enormes desniveles que tiene esta zona, que casi la hacen atalaya.

Si volvemos de nuevo a la acera de los impares nos encontraremos con el palacio que primero fue del marqués de Grimaldi y fue construido para él por Francisco Sabatini en 1776. Posteriormente fue residencia de Godoy y después albergó el ministerio de Marina. En 1819 estuvo aquí la Biblioteca Real y luego se convirtió en la casa de los ministerios, pues tuvieron en ella su sede los de Guerra, Hacienda y Gracia y Justicia. Más adelante, se dedicó a museo Naval y, tras algunas amenazas de desaparición, desde 1941 es el Museo del Pueblo Español.


Si nos saltamos el Palacio Real, del cual se ha de hablar al llegar a la plaza de Oriente, a nuestra derecha quedará la nueva catedral de Madrid. Muchas veces, desde que la villa se convirtió en Corte, se intentó levantar un templo catedralicio digno de albergar las grandes ceremonias de la monarquía católica, pero la oposición de los arzobispos de Toledo -para que haya catedral ha de haber obispo-, que temían perder su gran influencia con ello, hizo que todos los proyectos fracasasen. El primero que estuvo a punto de cuajar llevaba la firma de Sachetti, el constructor del Palacio Real. Pero no fue hasta el reinado de Alfonso XII cuando realmente se empiece en serio con la idea. La infeliz reina Mercedes fue la impulsora más tenaz del mismo, y tras su temprana muerte, el rey lo apoyó incondicionalmente, no sólo como futura catedral de Madrid, sino también como mausoleo para su amada Mercedes, ya que al haber muerto sin descendencia no podría ser enterrada en El Escorial. Otro condicionante fue la desaparción en 1869 de la iglesia de Santa María la Real; la cofradía de la Almudena, residente en la vieja iglesia, también se interesó en gran medida en este proyecto. Fue Francisco de Cubas el encargado de trazar el primer boceto en 1879, enmarcando el nuevo templo en el entorno del palacio Real. En 1883 fue modificado el proyecto, y se ideó una iglesia mucho más grande, con reiminiscencias de las grandes catedrales góticas europeas y especialmente francesas. Sin embargo, la cripta, con salida a la calle Mayor, tiene cierto carácter románico.

Las obras sufrieron grandes parones y retrasos. El marqués de Cubas falleció en 1899 y fue sucedido por su colaborador Olabarría, que a su vez murió en 1904; el testigo lo tomó Repullés y Vargas, hasta 1922, año de su muerte. El siguiente director fue Juan Moya. Tras la guerra se vuelve a trabajar en la catedral, y dirige sus obras Luis Mosteiro, pero en 1940 hay un importante cambio en el proyecto. Es entonces cuando alguien se da cuenta de que una catedral gótica no quedaría muy bien junto al palacio Real, y cuatro años después se convoca un concurso para dar nuevas y más armoniosas ideas. El concurso fue ganado por Fernando Chueca Goitia y Carlos Sidro, que en 1949 preparan el nuevo proyecto y al año siguiente reinician las obras. Tras cuarenta y tres años de inicios, parones, reinicios y más parones, por fin se acabó la catedral de Madrid, que fue consagrada por el papa Juan Pablo II en 1993. Nada más y nada menos que ciento catorce años hubo que esperar para ello.

Aún no guarda grandes tesoros artísticos la nueva catedral, aunque en la capilla central de su girola se puede admirar, por depósito del Ayuntamiento, el arca original del siglo XII que fue la primera en guardar los restos de San Isidro. Su interior es muy luminoso; mucha luz dejan pasar las vidrieras que parecen inspiradas en las obras pictóricas de Piet Mondrian. Más bella es la cripta neobizantina, inaugurada en 1911, donde son enterrados personajes de la alta sociedad madrileña, entre ellos el propio marqués de Cubas.


Dejamos atrás la catedral de la Almudena y llegamos a la gran vaguada que forma la calle de Segovia, que es atravesada por uno de los símbolos modernos de Madrid, el Viaducto. Desde hace siglos se intentó dar una solución al problema de aislamiento que suponía el tener que atravesar este profundo vallejo por donde antaño corrió el arroyo de San Pedro. El primer proyecto es de Sachetti, que intentó ordenar toda la zona cercana al palacio Real que estaba construyendo. Abandonada u olvidada la idea del italiano, fue recogida durante el reinado de José Bonaparte por el que fue su arquitecto, Silvestre Pérez. El proyecto de Pérez es muy ambicioso, pues consistía en reunir, mediante enormes columnatas y pórticos, el palacio Real con la basílica de San Francisco el Grande, donde el rey intruso había pensado establecer las Cortes. Los amplios patios o plazas que quedarían estarían adornados con estatuas y obeliscos, y el viaducto que cruzaría la calle de Segovia quedaría armoniosamente incluido en el monumental conjunto. Sin embargo, como ya sabemos, la única herencia del hermano de Napoleón en Madrid, fue crear un enorme solar frente al palacio Real que posteriormente degeneró en inmundo barrizal.

No fue sino tras la revolución de 1868 cuando el proyecto se llevó a cabo, según una idea de Eugenio Barrón esbozada en 1859. En octubre de 1868 se iniciaron los derribos que se consideraron necesarios para la construcción del viaducto, en los que se incluyeron no sólo las casuchas de la calle de Segovia que impedían las labores de cimentación, sino también otros edificios de dudosa molestia como la iglesia de Santa María. También desaparecieron las casas del marqués de Malpica y se partió en dos el palacio de los duques del Infantado. Las obras se iniciaron el 31 de enero de 1872 y el 13 de octubre de 1874 se inauguró; el primer carruaje que lo cruzó fue el que llevaba los restos de Calderón de la Barca desde el frustrado Panteón Nacional de San Francisco el Grande hacia el cementerio de San Nicolás.

Este primer viaducto era una obra toda de hierro que se situaba a 23 metros sobre la calle de Segovia. Desde su inauguración se convirtió en el sitio favorito de los suicidas madrileños; Répide cuenta un divertido caso relacionado con esta luctuosa costumbre, y es que la primera persona que intentó tirarse sobre el pavimento de la calle de Segovia fue una joven cuya familia no aprobaba su casamiento con su amado. Se arrojó al vacío, pero las amplias faldas y miriñaques que se llevaban en aquella época hicieron las veces de paracaídas y sólo sufrió heridas leves. La impresión del hecho ablandó el corazón de sus padres y se accedió al casamiento. La infeliz murió en el parto de su decimocuarto hijo.

El viejo viaducto tuvo que ser reformado en 1921 y 1927, y en 1931 se decidió su sustitución. El concurso convocado para el levantamiento de uno nuevo fue ganado por el arquitecto Francisco Javier Ferrero y los ingenieros José Juan Aracil y Luis Aldaz Muguiro. En 1934 se derribó el antiguo y se inciaron las obras del nuevo, que fue inaugurado ocho años después. Es una obra maestra del racionalismo madrileño hecha en hormigón armado, con tres bóvedas de 35 metros de luz y 17,5 metros de flecha. El proyecto incial contemplaba la instalación de ascensores para subir a la calle de Bailén y otros servicios. En 1975, por su mal estado, fue cerrado al tráfico y estuvo a punto de ser derribado, pero su gran valor arquitectónico impidió esa barbaridad -por una vez- y entre 1977 y 1978 fue restaurado.

Y casi volviendo al inicio, digamos que desde 1835 esta calle se llama de Bailén en conmemoración de la batalla ganada por las tropas españolas al mando de Castaños a las francesas de Dupont en 19 de julio de 1808 en las cercanías de la localidad jienense de Bailén. El 22 de julio se rindieron 17.000 franceses al general español, y la consecuencia de la batalla fue la huída de Madrid del rey José y su séquito. Es muy conocida la conversación habida entre los dos generales en el acto de capitulación. Dupont entregó su sable a Castaños, diciendo "tomad mi espada, vencedora en mil batallas". A lo que el español respondió "es la primera que gano".