21.6.19

Encarnación (Calle de la)

Foto CC BY-SA Asqueladd

Entre la calle de la Bola y la plaza de la Marina Española. Distrito 1 (Centro). Barrio de Palacio.

Lleva esta calle su nombre por el convento del que hablaremos en el próximo artículo, el dedicado a la plaza, que es uno de los monumentos más bellos y espectaculares de Madrid. Hasta llegar (o volver, como ahora veremos) a esta situación ha pasado por varias etapas, es decir, a tener diversos nombres. No lo lleva en planos de referencia, como el de Texeira, y Peñasco y Cambronero nos dicen que, según la tradición, en tiempos se llamó del marqués de las Pozas, pues allí tenía este personaje sus casas. Répide lo llama “marqués de Poza” y nos recuerda que Schiller hace de él un protagonista de su tragedia Don Carlos (es el “Posa” de la ópera de Verdi). Felipe III compró estas casas y allí fundó el convento de la Encarnación; ahí tenemos el primer cambio de nombre. 

El 4 de agosto de 1933 hubo otro; pasó a llamarse calle de Amadeo Vives. Poco duró esta situación, pues tras el final de la guerra civil, el 26 de abril de 1940, volvió al original. Pero no había de acabar ahí el trasiego; al año siguiente fue dedicada a dos personajes del régimen franquista de cuyo nombre no quiero acordarme y así fue hasta que el 25 de enero de 1980 recuperó definitivamente (esperemos) la denominación actual, calle de la Encarnación.

14.6.19

Emperador Carlos V (Glorieta del)


Grabado del siglo XIX que muestra la puerta de Atocha y la fuente de la Alcachofa

Entre los paseos del Prado y de la Infanta Isabel, la calle de Claudio Moyano, la avenida de la Ciudad de Barcelona, la calle de Méndez Álvaro, los paseos de las Delicias y de Santa María de la Cabeza, la Ronda de Atocha y las calles de Santa Isabel y de Atocha. Distritos 1 (Centro), 2 (Arganzuela) y 3 (Retiro). Barrios de Embajadores, Cortes, Palos de Moguer, Atocha y Jerónimos. 

Nos hallamos en uno de los cruces de caminos más importantes de la villa de Madrid, que en tiempos fue uno de sus confines. Aquí estuvo la puerta de Atocha, cuyo emplazamiento primitivo fue la plaza de Antón Martín. Desapareció incluso antes que la cerca que constreñía la villa y a decir de los cronistas la pérdida no fue de lamentar, dado su escaso valor artístico. Así que de Atocha se llamo primero esta glorieta, hasta que el 27 de junio de 1941 el ayuntamiento decidió dedicársela al emperador, aunque el decir popular sigue conservando el otro nombre. 

Antes del derribo de la puerta de Atocha estuvo frente a ella la fuente de la Alcachofa, parte del plan original de Ventura Rodríguez para todo el Salón del Prado. Allí se colocó en 1782; en 1880 fue trasladada al Retiro, donde aún sigue. Más adelante volveremos sobre ella. No muy lejos de su emplazamiento se puso en 1899 la estatua de Claudio Moyano que ya mencionamos en la entrada dedicada a la calle que lleva su nombre


Así era nuestra glorieta hace cien años, más o menos

En las fotos antiguas se puede ver el espacio anchuroso y despejado de la glorieta, surcado por las líneas de tranvía que venían del Prado y se dirigían hacia el paseo de la Infanta Isabel y hacia Pacífico, con una primitiva salida de la estación del metro en su centro. En los años sesenta del siglo pasado alguien tuvo la feliz idea de colocar una maraña de puentes situados a diferentes niveles con la pretensión de mejorar el tráfico. Fue el célebre “escalextric”, que, por supuesto, no mejoró el tráfico y afeó terriblemente la glorieta desde el mismo día de su inauguración, el 16 de mayo de 1968. Diecisiete años después se inició su desmontado, que culminó en 1987 con la colocación de una réplica en bronce de la fuente de la Alcachofa en el centro de la nueva glorieta. En la zona del paseo del Prado más cercana a nuestra glorieta hay unos troncos de columna que alguien señaló como una suerte de recuerdo del nefasto complejo de pasos elevados.


El “escalextric”, de infausta memoria.

Aquí se situó el primer “embarcadero” ferroviario de Madrid, cabecera de la línea que iba a Aranjuez. Aunque los trenes empezaron sus viajes en 1851 no fue hasta 1858 cuando se abrió tal edificio, que era bastante modesto. Su cubierta de madera se quemó en 1863, año en el que se empezó a planear una nueva estación. Sin embargo, lo que en realidad ocurrió es que se puso una nueva cubierta, esta vez metálica, que subsistió hasta 1891, cuando se derribó el “embarcadero” para dar paso al edificio que hoy conocemos, obra del arquitecto Alberto del Palacio Elissague. Además del primitivo apeadero, en este proyecto de ampliación desaparecieron varios edificios administrativos de la compañía MZA, entonces propietaria de las instalaciones, salvo uno, que fue desmontado y reconstruido en el número 4 de la avenida de la Ciudad de Barcelona, donde aún sigue. 


La antigua estación de Atocha, hoy sede de un jardín tropical
(Foto CC BY Felipe Gabaldón)

Con la llegada del AVE, el edificio de la vieja estación de Atocha perdió su uso ferroviario; los trenes se trasladaron a la nueva y moderna terminal llamada “Puerta de Atocha” y aquí se creó una suerte de jardín tropical. Cada cual que opine según sus gustos. 

Y bien, ya sabemos que el ayuntamiento, para evitar tantas “atochas” en el callejero madrileño homenajeó aquí a Carlos I de España y V de Alemania, rey de Castilla, Navarra y Aragón y emperador del Sacro Imperio, además de otros muchos títulos. Nacido en Gante el 24 de febrero de 1500, era hijo de Juana, futura reina de Castilla, y nieto de los Reyes Católicos, quienes con una hábil política matrimonial hicieron que la herencia de Carlos fuese fabulosa. Muerto Fernando el Católico, Carlos vino a España a tomar posesión del reino, aunque se encontró con la oposición de los nobles castellanos, que deseaban respetar la dignidad de doña Juana I, la legítima reina. Además, venía sin hablar apenas castellano y rodeado de numerosos consejeros extranjeros. Varios años le costó ser reconocido por todos los reinos peninsulares; en el entretanto y tras la muerte de Maximiliano I fue proclamado emperador del Sacro Imperio en junio de 1519. 


Carlos V, por Juan Pantoja de la Cruz (1605)
(Museo del Prado, Madrid)

Desde entonces empezó una incesante sucesión de conflictos como las guerras de las Comunidades en Castilla y de las Germanías en Valencia, la interminable rivalidad con Francia, la represión del naciente protestantismo en el Imperio, la lucha con los otomanos en expansión por el este de Europa… Como compensación, la conquista de América, que convirtió el español en el imperio más grande de la época. Cansado y avejentado, en 1556 Carlos abdicó en su hijo Felipe II (España y las Indias) y su hermano Fernando (el Sacro Imperio) y se retiró al monasterio de Yuste. Allí murió de paludismo el 21 de septiembre de 1558.

7.6.19

Emilio Castelar (Glorieta de)


Monumento a Emilio Castelar, en la glorieta de su nombre
(Foto: Luis García)

Entre los paseos de la Castellana y del general Martínez Campos y la calle del general Oráa. Distritos 4 (Salamanca) y 7 (Chamberí). Barrios de Castellana y Almagro. 

Hallábase por estos pagos la Fuente Castellana que dio nombre primero a un arroyo y luego a la calle más elegante de nuestra villa. Con la formación del paseo, se creó aquí una glorieta en cuyo centro se colocó un obelisco como coronación de una fuente monumental, todo para conmemorar el nacimiento de quien se acabaría convirtiendo en Isabel II. Corría el año 1833 y fue su autor Francisco Javier de Mariategui, el mismo al que se deben las “pirámides” de la glorieta de ese nombre. De ese modo, el nombre primitivo de este cruce de caminos fue el de Glorieta del Obelisco. Allí permaneció nuestra fuente monumental hasta que en julio de 1908 fue inaugurada en su sustitución una estatua dedicada a Emilio Castelar, obra de Mariano Benlliure y que aún preside la glorieta. El obelisco fue trasladado primero a la plaza de Manuel Becerra y luego al parque de la Arganzuela, donde aún sigue.

Curiosamente, no se impuso su nombre actual a la glorieta hasta el 13 de diciembre de 1940, cuando pasó a llamarse de Emilio Castelar, para honrar al homenajeado en el monumento sito en su centro. Emilio Castelar y Ripoll, nacido en Cádiz el 7 de septiembre de 1832, periodista y político, fue, a decir de los testigos, uno de los más prodigiosos oradores que dio la tribuna española. Siempre opuesto a la monarquía isabelina, lo cual le supuso una condena a muerte y un exilio, también se situó frente al gobierno revolucionario surgido de la Gloriosa y a la nueva monarquía, la de Amadeo I. Llegada la República en febrero de 1873, fue ministro de Estado y presidente del Congreso antes de hacerse con el mando del Poder Ejecutivo el 7 de septiembre de ese año. Fue el último que lo hizo. Republicano unitario, se opuso a la mayoría federal de la cámara, que le presentó una moción de censura. En el transcurso de las votaciones se produjo la célebre entrada de Pavía en la cámara que acabó con la República propiamente dicha el 3 de enero de 1874 (lo de Serrano, que vino después, sería otra cosa). Tras la Restauración alfonsina se volvió a exiliar, pero no tardó en regresar y continuó participando en la política, ahora en las filas del Partido Demócrata, que dirigió. En 1893 se retiró de la política; murió en San Pedro del Pinatar el 25 de mayo de 1899. Su cuerpo fue trasladado a Madrid, donde tuvo un sepelio multitudinario.